de Wolfgang Amadeus Mozart
Octubre 2023
Dirección escénica y vestuario: María Jaunarena
Dirección musical: André Dos Santos
Escenografía e iluminación: Gonzalo Córdova
Nominación Premio 2023, Asociación de Críticos Musicales de la Argentina (Mejor Producción Escénica de Ópera, teatros oficiales y no oficiales)
EL PRIMERO DE NOSOTROS
Nació por primera vez en Sevilla en 1627 de la mano de Tirso de Molina. Su padre se llamó Diego, e Isabel la primera mujer que se le conoce. Murió en circunstancias dudosas cerca de un cementerio y sin llegar a tiempo a un llamado del Rey. Volvió a nacer en Sicilia en 1665 de la mano de Molière. Entonces su padre se llamó Luis, y se casó en primeras nupcias con una mujer llamada Elvira, a quien raptó de un convento de clausura, para luego mantener relaciones con una Carlota, una Marturina y varias más. Murió en circunstancias dudosas en su casa, cerca de una estatua de mármol. Nació dos veces más en 1787, primero en Venecia, de la mano de Gazzaniga y Bertati y luego, en Praga, con un alumbramiento que quebró los cánones de la historia de la música occidental, de la mano de Mozart y Da Ponte. Sus mujeres esta vez fueron Elvira –con quien también contrajo matrimonio–, Anna, Zerlina – a quien propuso matrimonio a pesar de estar casado–, la enamorada de su sirviente y dos mil sesenta y cinco señoras más. Murió a la hora de la cena, también en circunstancias dudosas, y su cuerpo no fue hallado jamás. En 1819, lo hizo una vez más de la mano de Byron. Fue hijo de José y de Inés, sus mujeres fueron Julia, Haydée, Leila, Catalina y hasta fue esclavo de una sultana. No hay reseñas de fecha de muerte. Pero hay más tarde, en Madrid, un registro de nacimiento como hijo de Diego Tenorio por obra de José de Zorrilla. De esta oportunidad se conoce que fue amigo de Luis Mejía y sus mujeres fueron Ana, Inés y Lucía, entre varias más. Murió en una pelea en su residencia. Después de esa fecha nació por lo menos seis veces más: dos de ellas en Francia, reflejado en un poema de Baudelaire y en un intento de novela de Flaubert y una en Dinamarca bajo la agudísima pluma de Søren Kierkegaard, dejando un diario de contenido subversivo.
En su apasionante Historia Universal del Don Juan, Edgardo Dobry se pregunta cómo un mito nacido en el siglo XVII español, cuando el honor para el hombre y la castidad para la mujer lo
eran todo, puede seguir vigente en una cultura donde casi nada de eso sobrevive. En otras palabras, ¿por qué el deseo eternamente insatisfecho de Don Juan dice algo de nosotros?
Don Juan, el enamorador de España, narra la historia de un hombre infiel (o con una visión bastante excéntrica de la fidelidad: “el que es fiel a una, es cruel con todas las demás”, dice en
el libreto de Da Ponte). Por eso algunos entienden a Don Juan como un sexópata, otros lo reivindican argumentando que en el fondo es un emancipador de mujeres y otros descubren
en él misoginia y hasta homosexualidad. Sin embargo, en Don Juan la mujer es un medio hacia otra cosa. De hecho, la compulsión sexual pasa prácticamente inadvertida a todos los autores
que han escrito sobre el mito, porque la lucha de Don Juan no es con la carne. Como señala Jean-Yves Masson, es la palabra empeñada (plasmada en el hecho de dar la mano) la que une a un hombre consigo mismo y funda su identidad. Pero Don Juan juega con su propia identidad (se disfraza en varias oportunidades) y con su propio nombre (que esconde
más de una vez). En definitiva, no se obliga a nada ni debe nada a ninguna mujer, ni a la ley, ni a Dios. Para Don Juan la palabra no es un acto que tenga consecuencias, por lo que miente y
da la mano sin medirlas. Pero morirá dando la mano a la estatua que representa precisamente el peso real de la palabra. Don Juan es inasible, su movimiento es continuo porque “la
constancia solo es buena para los ridículos” como sentencia en boca de Molière. A ello se le opone lo firme, lo inmóvil, lo perenne. La estatua aparece como un destino inexorable en
todas las versiones del mito.
Don Juan subvierte todo el orden de la sociedad de su tiempo: destruye el honor de un padre (el Comendador), el honor de un amigo (Don Octavio), el de un marido (Masetto), y hasta el de Dios, robándole una mujer a cada uno (recordemos que en la versión de Molière, Doña Elvira pertenecía a un convento de clausura antes de ser sustraída por Don Juan). Si Don Octavio es un hombre de palabra, Don Juan, en cambio, ha nacido para disfrutar de sí mismo y de aquello que la naturaleza (también inconstante y efímera) le ofrece. Encarna la rebeldía de un hombre posterior a su tiempo, que lo relativizará todo.
Una puesta en escena que sitúe al protagonista en la época actual corre el riesgo de minimizar la profundidad de la obra, de reducir la encarnación de la subversión del orden establecido a un mero libertino superficial. La profundidad del conflicto humano en su vida con otros puede perder no solamente densidad sino también su peso histórico. ¿Dice hoy algo interesante alguien que rechaza el matrimonio, el honor, la fe? Para bien o para mal, nuestra vida actual está establecida a partir de pulseadas que Don Juan ganó como un pionero y en soledad. A pesar de perder en la obra, en la vida real Don Juan le torció el brazo a Dios. Nuestra época no solo lo legitima, le rinde culto. Como señala el filósofo Gilles Lipovetsky, “la era de la hipermodernidad resulta inseparable de la seducción soberana”. La cultura del hedonismo y del individualismo lo ha ocupado todo. Con el triunfo de la sociedad de consumo, se catapulta la sociedad de la seducción. El gozar y el verse bien se imponen prácticamente como mandato ético. Seducen las empresas, las escuelas, los políticos. Y hasta la seducción online se vale del anonimato y el seudónimo, es decir, de la máscara, algo en lo que Don Juan siempre fue experto. “Don Juan –continúa Lipovetsky– es la primera figura antes de tiempo del consumidor compulsivo, especie de adicto a la marca mujer, incapaz de no encadenar una conquista tras otra”. Volviendo a Edgardo Dobry, la exposición en redes sociales de cada experiencia personal, “tan urgente como la experiencia misma”, es otro de los espejos que nos devuelve hoy el seductor, fanático de que sus conquistas se conocieran.
Sabine Zaragosa dice que en el teatro se fabrica un espacio simbólico que nace de un material precioso y primordial: el misterio. Don Juan, inasible para las mujeres, materia huidiza y resbaladiza, se corporiza, sin embargo, divinamente en el teatro. Conquista (mujeres y escritores, porque también podría armarse un catálogo de los autores que le han dado voz) porque como Dios, él también detenta misterio. Su misterio es su capacidad de personificar el deseo de los demás, lo transgresor, lo oculto y lo temerario. Poco importa que Don Juan se comporte como lo hace por libertino, envidioso, inmoral o misógino: lo inquietante de él es su capacidad de convertirse en un espejo del deseo de quien tiene enfrente. Toca con las yemas de los dedos el ansia de los demás y también la suya.
Mozart, como ningún otro, supo comprender la naturaleza sagrada e indecible del deseo. El resultado fue esta obra maestra, “la ópera de las óperas”, la última obra que Da Ponte se
empeñó en producir y llevar a escena, ya exiliado en Estados Unidos antes de morir. Su música seduce como el héroe que la protagoniza porque en su rebeldía y su desafío, Don Giovanni es
inquietante, profunda, inteligente y poética, algo que la sociedad contemporánea no supo imitar jamás.
Ante el mandato moderno de gozar, Don Giovanni nos ofrece la oportunidad de leer el pasado y conocer en parte cómo llegamos a ser lo que somos. Tal vez por eso Don Juan sobrevive aún
hoy y, como una sirena con su canto hipnótico, nos obliga a asomarnos a la ventana para, una vez más, intentar descifrar su voz.
María Jaunarena

